Tiempo de desobediencia monetaria y financiera

Por François Soulard – Foro Democrático Mundial;  Guillermo Robledo, Eduardo Murua, Clelia Isasmendi – Observatorio de la Riqueza Padre Pedro Arrupe.

A raíz de la iniciativa del Frente Anti-CFA en África, el próximo 11 de febrero 2017 tendrá lugar una serie de actividades en 25 países y tres continentes para denunciar el colonialismo financiero y proponer alternativas. ¿Hacia un frente intercontinental para un nuevo sistema financiero y monetario?

El mundo esta convulsionado y no para de desnudar casi todos los eslabones de nuestra arcaica arquitectura política y económica global. Así fue en el plano económico a partir del terremoto financiero del 2007-2008 que reveló hasta que punto la lógica neoliberal sigue hegemonizando las agendas políticas y difiere sus contradicciones bajo la forma de proyectos reaccionarios, neocoloniales y excluyentes. Los datos demoledores sobre las desigualdades mundiales(1) recopilados en el último informe de OXFAM reflejan buena parte de esta realidad.

No obstante, la transición hacia un mundo multipolar y las mismas contradicciones del sistema capitalista generan un nuevo retorno de lo político en el terreno del sistema financiero y monetario. Estos sistemas han seguido un encastre continuo en la globalización a partir del orden económico sellado en Bretton Woods en el 1945 y durante los últimos cuarenta años de globalización neoliberal. Viene creciendo una oleada de desobediencia monetaria, desde las bases sociales pero también a nivel nacional y regional, tendiendo a resignificar los sistemas monetarios y reorientarlos hacia nuevos rumbos sociales y geoestratégicos.

Un ejemplo disparador de este movimiento esta saliendo a la luz desde fines del 2016, en un conjunto de países de la zona Central y Oeste de África, donde rige una suerte de sistema monetario fosilizado en la época colonial. Varios núcleos activistas y sectores de la diáspora africana han decidido retomar el debate acerca de la denominada Cooperación Financiera en África que incluye tres bloques económicos(2). Quince países ha integrado este sofisticado andamiaje monetario a partir del año 1945, con la promesa de alcanzar una estabilidad monetaria y una transición acelerada hacia su desarrollo económico. Dos mecanismos, bien conocidos en otras latitudes, fundamentan este coloniaje económico: la emisión de deuda con el encorsetado de los presupuestos nacionales (orquestada por el FMI y el Banco Mundial) y la “servidumbre” monetaria, ambas legitimadas por un sutil aparato de influencia comunicacional e institucional, estrategia que el destacado economista africano Nicolas Agbohou(3) no duda en comparar con un “nazismo” monetario.

En efecto, los hechos corroboran que la ingeniería de control financiero que se implementó a lo largo de los 70 últimos años es semejante a la que el régimen nazi impuso durante la 2da Guerra mundial a distintos países ocupados. ¿En qué se traduce hoy en estos bloques económicos de África? En substancia, se trata de una arquitectura de control técnico, institucional y jurídico, atando a una punta la emisión de moneda fuera de la jurisdicción de los países africanos bajo la decisión de la diplomacia francesa; y en la otra punta el manejo de los flujos monetarios en base a cuatro mecanismos: la paridad fija entre el euro y el franco CFA (actuando como palanca para generar austeridad y devaluación programada); la centralización del cambio y las cuentas de operación bajo tutela del Tesoro francés (para captar divisas africanas); la libre convertibilidad del franco CFA a euros (para neutralizar la capacidad de emisión monetaria sin que haya convertibilidad interna del franco CFA entre los tres bloques económicos africanos); y finalmente la libre transferabilidad de los capitales africanos hacia Europa (normalizando la fuga de capitales a nivel institucional).

Sin ir más lejos en la letra fina de este andamiaje, quedan a la vista sus resultados en evidente ruptura con las cuestiones de fondo que se plantean a los pueblos subsaharianos: salir de la marginalidad económica e integrarse con un proyecto propio en un mundo multipolar inestable y crear futuro para una población africana que se duplica cada 25 años con un 70% actual debajo de los 35 años de edad. Muchos de estos quince países están ubicados hoy en el furgón de cola del índice mundial de desarrollo humano y atrapados en una espiral de empobrecimiento, o mejor dicho en una espiral sofisticada de extracción de riqueza y de subsidio a las economías de los países centrales. Recordemos que en los años 60, el PBI por capita de estos países estaban al mismo nivel que los de Corea del Sur, Camboya o Vietnam. Se estima que 50 bimillones de dólares se extraen de África cada año (o sea 3% del PBI del Mali, 1% de Senegal, 6% de Costa de Marfil)(4), superando el volumen de la ayuda pública al desarrollo brindado por los países centrales.

Por otro lado, las economías subsaharianas resultan fuertemente primarizadas y balcanizadas, atrapadas por el viejo dogma de controlar a la inflación, sin poder consolidar relaciones de comercio intra-regional (15% de las transacciones económicas son internas), ni dar mayor consistencia al proyecto incipiente de bloque continental dentro de la Unión Africana. Al final, como lo resaltan los activistas africanos movilizados en este frente monetario, el canje de la soberanía política por una sumisión económica al momento de las independencias, terminó diluyendo la base misma de la soberanía nacional. El ciclo actual de deflación mundial y de desvalorización de las materias primas genera aun más grietas en este pacto económico.

¿Qué permitió que tal servidumbre perdurará en el tiempo pese a que otros países de África demostraron otro camino? La estabilidad monetaria fijada en el euro es un factor importante. El peso de la realpolitik post-colonial y del pacto feudal de deferencia a cambio de protección diplomática es también un factor clave. Si bien varios países salieron temporariamente de la unión monetaria – como el Malí, Togo, Guinea Konakry y Mauritania (que salió definitivamente), los dirigentes africanos que se rebelaron contra este orden colonial fueron derrocados por la fuerza militar o por presiones de todo tipo. Los dos últimos casos fueron los ex-presidente Muamar el Gadafi en Libia, promotor de un proyecto y de una moneda panafricana, y Laurent Gbagbo en la Costa de Marfil, promotor de una nacionalización del sistema financiero en un país que representa 40% de la masa monetaria del bloque subregional.

Pero, retomando los análisis de los economistas Nicolas Agbohou y Bernard Lietaer, cabe señalar también que los sistemas monetarios habían sido diseñado el siglo pasado con una clara conciencia de ser un factor de homogeneización y de creación de monopolios al servicio del poder central, conciencia que hoy parece haberse diluida en los pasillos del tiempo para distintos actores sociales y la ciudadanía en general. La moneda es un “hecho social total”, relacional, económico, político, espiritual, como lo sugería el antropólogo Marcel Mauss. Pero esta percibida hoy como un “objeto institucional no identificado” en las sociedades africanas, es decir como un elemento abstracto, privatizado y autoreferencial, distanciado de la esfera cívica y política.

Esta cuestión en los países africanos no es realmente nueva. Desde la conferencia de Bandung con los países no-alineados a los procesos de independencia y liberación nacional, la soberanía monetaria siempre estuvo puesta de algún modo en el tapete, chocándose con el equilibrio de fuerzas del momento. Pero la juventud africana, móvil y transnacional, parece ahora portadora de un nuevo imaginario. Muchos jóvenes africanos formados en Europa o en Asia, tales como los protagonistas de la Primavera Árabe en el 2011, aprendieron a relativizar los dogmas, no satisfacerse de la fatalidad de los juegos geopolíticos y conocer las entrañas de un sistema confiscatorio de futuro y de riqueza.

Este panorama africano nos da una buena matriz para entender las realidades de las zonas centrales o periféricas de la economía global. En América Latina, sigue vigente un profundo fenómeno de exclusión monetaria, de inestabilidad financiera y de abuso de posición dominante del dólar sobre las monedas nacionales, problemática que paradojalmente no ha penetrado más a fondo en la agenda de los proyectos políticos progresistas de la última década, pese a las graves crisis que sacudieron la región en los 90 y el 2000.

En efecto, los países latinoamericanos disponen en su mayoría del manejo constitucional de emisión monetaria a través de sus bancos centrales y de la supuesta regulación de los Parlamentos sobre las decisiones presupuestarias. Existen bloques de integración política y económica con intercambios comerciales consolidados como el MERCOSUR. Pero el nodo de la problemática se plantea en términos de dependencia al dólar como moneda extranjera de comercio e acceso al mercado global – en ausencia de una alternativa monetaria regional, y de permeabilidad del sistema bancario a los intereses financieros organizados en monopolios productivos, comerciales y comunicacionales.

En el fondo, estos monopolios tienen el poder de definir y legitimar los precios de la economía en la mayoría de los rubros económicos, de convertir las ganancias realizadas en moneda extranjera y de fugarla al exterior. Lo pueden implementar con la complicidad o la resistencia del aparato estatal, dependiendo de la naturaleza de las fuerzas políticas, de los matices formales y del nivel de politización de la cuestión financiera. Pero en definitiva vemos que pivotea un entramado fáctico de extracción de riqueza y de erosión de justicia social que se asemeja al mecanismo africano que vimos más arriba.

Históricamente, las economías latinoamericanas han experienciado ciclos de crisis bancaria que han debilitado aun más las divisas nacionales y generado una concentración en moneda extranjera, con un sin fin de consecuencias sobre la desbancarización, la perdida de ahorro nacional, la dificultad de acceso al crédito y la especulación financiera. Estas dificultades han consolidado los monopolios económicos. Ahí también el volumen de fuga de capitales a nivel regional desafía el sentido común: se estima que alrededor de 430 000 millones de dólares salen anualmente del continente(5). En comparación, en el año 2015 ingresaron cerca de 158 000 millones de dólares en concepto de inversión. En un país como Argentina, campeón regional del bimonetarismo, se han fugado el equivalente a 900.000 millones de dólares durante 40 años de dualidad monetaria, reduciendo de un factor 12 el volumen de recaudación fiscal del Estado(6).

Si bien varios gobiernos populares han logrado confrontar combativamente los monopolios financieros y económicos a partir de ruptura del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA) en el 2005, la extracción sistémica de capitales ha constituido un profundo factor de erosión del Estado y de dinamismo económico. Cuando se redujo la prosperidad debida a los altos precios de materias primas, los poderes económicos concentrados han logrado desestabilizar los tres países del eje Caracas-Brasilia-Buenos Aires para reinstalar sus viejos dogmas neoliberales. Las divisas de la región se devaluaron por encima del 30% en promedio durante el año 2014 y mantienen un ritmo sostenido de depreciación frente al dólar. Se están contractualizando nuevamente grandes masas de endeudamiento externo y las inversiones extranjeras motorizan un nuevo esquema de dependencia.

Es en este sentido que la creciente oleada de monedas locales y complementarias emergentes en distintas regiones y amplificadas por la crisis financiera del 2007-2008, se vuelve un movimiento crucial para disputar el orden unimonetario. Millares de monedas locales y sistemas de intercambio prosperan actualmente en Europa y el mundo, en pleno ocultamiento por los medios concentrados de comunicación y a contramano del unitarismo monetario que rige en los marcos nacionales. Un reciente estudio publicado en la revista Alternatives Economiques sobre 40 experiencias de monedas locales en Europa nos muestra como se resignifican aquí y ahora los imaginarios asignados a la moneda. El estudio revela que se orientan hacia la reconstrucción y reparación territorial (78% de las experiencias), la consolidación del vínculo social (61%), el consumo ambientalmente responsable y la transición productiva (51%), la democratización de la moneda (49%), la estabilización de las finanzas (49%).

Las comunidades de intercambio que se crean en torno a estas monedas son relativamente reducidas, localizadas y también frágiles en su capacidad de llevar en el tiempo de forma continúa un proyecto monetario. Si bien los volúmenes económicos en circulación están lejos de equiparar los circuitos financieros, el salto cualitativo que ellas operan es fundamental. Disputan de forma sistémica el monopolio aplicado sobre el imaginario, el sentido común y las funciones de la moneda. Sus desafíos tienen que ver con la capacidad de movilización popular y la construcción de articulaciones institucionales (por ejemplo pagar impuestos o servicios en la moneda local). Este movimiento micro-monetario no tiene una conducción centralizada, pero ya tiene formas flexibles de inter-conexión (teóricas, sociales, territoriales).

Otros movimientos vinculados con esta desobediencia financiera se encarnan en las iniciativas de ocupación de los bancos (Occupy Wall Street o les “Faucheurs de chaises”), el boicot de ciertos grupos financieros involucrados en escándalos fiscales o en la economía negra de las energías fósiles, así como también la filtración de los secretos financieros (LuxLeaks, SwissLeaks, Panama Papers) y la denuncia de los nuevos tratados de libre comercio. Estas iniciativas seguramente van a seguir creciendo a futuro. Ahora bien, lo que observamos a la luz de las luchas del movimiento por otra economía de los últimos 30 años es que la suma de una multitud de experiencias alternativas esta lejos de producir un cambio sistémico. En la transición geoeconómica actual, donde la desdolarización de la economía mundial constituye un epifenómeno de esta transición, las redes civiles y los movimientos sociales están apelados a empujar un nuevo horizonte de debate sobre la producción y la circulación de la riqueza.

La situación actual es la de una captura del sistema financiero por los grupos concentrados y los poderes coloniales, operando en el campo legal y fáctico para transferir enormes volúmenes de una riqueza mundial que no ha parado de aumentar en el transcurso de los años. Este sistema opera sobre la población del Sur global dotados de un 80% de los recursos naturales globales y sobre la clase media transnacional degradada desde hace varias décadas por un nuevo ciclo de austeridad. Recordemos que 42 millones de personas han salido de la dicha clase media en los países industriales desde el fin de la Guerra Fría y que en 30 años la cuota de los salarios en el PBI de todos los países occidentales se ha reducido de un promedio de 10%. El colonialismo financiero permite que además de los niveles sin precedentes de concentración de riqueza, los pueblos deben pagar el 98% de los impuestos totales mientras el capital paga el 2%.

Todos los pueblos son físicamente cada vez más ricos y a la vez empobrecidos desde un sistema monetario basado en el dólar y manejado por 8 bancos extranjeros y 200 empresas transnacionales. Como lo vuelven a afirmar con audacia el actual Papa Francisco y la diáspora africana, la moneda es un instrumento central de la soberanía y de la justicia social. Es tiempo de volver a poner en la agenda el imaginario de un nuevo orden monetario y financiero mundial (y comunicacional) con la disputa de las principales herramientas de asignación de riqueza: los presupuestos de Estado, los impuestos y la emisión de moneda.

Notas:

(1) Informe Une economía para el 99 https://www.oxfam.org/es/informes/una-economia-para-el-99 , enero 2017.
(2) La Unión Económica y Monetaria de África del Oeste (UEMOA), la Comunidad Económica y Monetaria de África Central (CEMAC) y la Unión de las Comoras (UC).
(3)El Franco CFA y el Euro en contra de África, Nicolas Agbohou. Ediciones Solidarité mondiale, 1999.
(4) Según el informe Thabo Mbeki, presentado y adoptado en la 24ma cumbre de la Unión Africana los 30-31 enero del 2015 en Addis-Abeba, África perdió durante los últimos cincuenta años más de 1 000 bimillones de dólares por los flujos financieros ilícitos. http://www.francophonie.org/IMG/pdf/fluxfinanciersillicites_rapport_francais.pdf
(5) El monto de la evasión fiscal es de 350.000 millones de dólares por año según datos de la CEPAL, a lo cual se suma un volumen de 180.000 millones de dólares en forma legal para las transferencias de balances de pagos.
(6) Según el calculo de la Comisión Económica para América Latina – CEPAL.